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{titleflag:sol}Publicado por SIN PERMISO
Otto Meyer es un analista político alemán que escribe regularmente en el semanario Ossietzky .
Los ingresos netos medios de las familias alemanas han disminuido entre 1991 y 2005 un 2%, según informó la Oficina Federal de Estadística el pasado noviembre. Los hogares dispondrían hoy de un 30% más de dinero, pero los precios han subido un 32%. Nada se dice del destino del crecimiento real experimentado por el producto interior bruto en ese período. Aumento de precios y crecimiento real resultaron en esos 14 años en un incremento nominal del 46% del PIB, según puede colegirse de otras estadísticas de la misma Oficina Federal. Si se descuenta el alza de precios, queda un crecimiento real del 14%, lo que en 2005 representaba un valor de 315 mil millones de euros. A dónde ha ido a parar ese incremento, si los hogares tienen un 2% menos a su disposición, queda inexplicado. Una parte de la respuesta puede obtenerse, si se observan los enormes incrementos en los balances nacionales de los valores patrimoniales: los propietarios, además de incrementar el valor de sus fondos personales y de su patrimonio inmobiliario, consiguieron más que doblar en los últimos 14 años sus caudales monetarios, pasando de 2 billones de euros en 1991 a 4,2 billones de euros en 2005. Sin embargo, ese tipo de conexiones parecen carecer de interés para los redactores del último informe de la Oficina Federal.
En el cálculo estadístico se parte del supuesto de que en la RFA de hoy hay 1,5 “unidades de consumo“ por hogar: la primera persona cuenta por 1, la segunda por 0,5, si es mayor de 15 años, y los niños computan como 0,3 unidades. La Oficina Federal desagregó esta vez su informe global, estudiando la evolución del ingreso en 5 grupos claramente diferenciados de hogares: desde el grupo de los autónomos hasta el de los desocupados, pasando por los funcionarios, los empleados y los trabajadores. La información al respecto de los medios de comunicación solió pasar por alto el retroceso de los ingresos reales. Sobre todo fueron o mitigadas o dejadas de lado las diferencias de ingreso y sus distintas evoluciones. Die Welt titulaba: „El poder de compra de los consumidores está estancado desde 1991”. La Frankfurter Allgemeine Zeitung: „La inflación se come el incremento del ingreso“. El Frankfurter Rundschau: „Los salarios reales se encogen“. La Tageszeitung: „Menos dinero en los hogares“. La Süddeutsche Zeitung: „Los alemanes cada vez pueden permitirse menos cosas“. Informado a medias, el lector apresurado sacará la impresión de que no pasa nada demasiado alarmante; a todos los alemanes les va un poco peor: ¡ mal de todos, mal a medias !
Lo que desde la prensa se comunica al lector es que “hace demasiado tiempo que en nuestro país se vive por encima de nuestras posibilidades“; ahora nos apremia „la globalización“, o el „cambio demográfico”. Todos, pues, deberíamos apretarnos el cinturón.
Pero de ningún modo se ven todos afectados de la misma manera; la Oficina federal diferenció claramente ahí. Lo que más salta ala vista es la diferencia entre los „trabajadores“ y los „autónomos“: los hogares de los ingresos anuales de los autónomos pasaron, de promedio, de 77.000 euros en 1991 a 106.900 euros en 2005, lo que significa un incremento del 38%, que en términos reales, descontando el alza de precios, se traduce a un crecimiento del ingreso del 6%. Un hogar trabajador, en cambio, tenía en 1991 21.000 euros de promedio, y en 2005, 30.200, lo que significa un incremento nominal del 25%, y en términos reales, un retroceso del 7%. Los autónomos pudieron seguir, pues, incrementando un nivel de ingresos que ya de partida era tres veces superior. En cambio, los trabajadores vieron recortado su salario real.
Los más paupérrimos son los hogares de los „desempleados“. Su ingreso anual medio en un hogar con dos adultos (=1,5 unidades de consumo) fue de 21.000 euros en 2005, sólo ligeramente por encima de la línea de pobreza de la Unión Europea (establecida en un 60% del ingreso familiar promedio del conjunto de la población de un país dado, lo que en el caso de Alemania arrojaba la cifra de 22.220 euros). Pero para el grueso de quienes dependen de ingresos transferidos, la exclusión social resulta mucho más dramática de lo que esa estadística de promedios refleja. En el grupo de los “desocupados”, la Oficina Federal de estadística cuenta a todos los pensionistas y jubilados, así como a los receptores de ayuda social y prestaciones de desempleo. Si se considera sólo el grupo de quienes, de acuerdo con los criterios de la prestación social o del dinero de desempleo, tienen que vivir 2, entonces su ingreso familiar es menor que el 39% del ingreso familiar promedio, es decir, muy por debajo de la línea de pobreza fijada por la UE en el 60%. Su ingreso –llamémosle así— está incluso por debajo de la línea del 40% que las ciencias sociales consideran la “frontera de la pobreza extrema”. Quien, como recientemente los jueces del Tribunal Social Federal de Kasel, todavía sostiene que las tesis del programa Hartz-IV [de reforma del Estado social alemán] preservan el “mínimo existencial socio-cultural” dispuesto por el Código social en cumplimiento del artículo 1 de la Constitución, que exige la intangibilidad de la “dignidad del ser humano”, legitima la sociedad capitalista de clases: nada tiene esto que ver con una administración de justicia independiente en interés del bien común.
Los pobres de este país son, pues, todavía más pobres, y más que lo serán. Las capas medias que se jactan de tener todavía trabajo, también se han hecho más pobres. Pero los ricos se hacen cada vez más ricos. Un aserto que nada tendría de nuevo, si no fuera porque no cada día una agencia como la Oficina Federal de estadística lo pone en público conocimiento. Y aún resultan más interesantes estas cifras, si se ponen en relación con otras: el grupo de los autónomos (grandes y pequeños empresarios tomados de consuno) se hizo más rico, mientras que el promedio de todos los hogares tiene que conformarse con menos ingresos que hace 14 años. La inferencia es inmediata: no a pesar de, sino a causa de la caída de los ingresos de la gran mayoría pudo un minúsculo grupo de elevados ingresos mejorar todavía más su posición. Los ricos se hicieron más ricos, merced a lo que se les arrebató a los más pobres que ellos y aun a los pobres sin más.
Tampoco es esto nuevo; es la ley general básica de una economía capitalista de mercado. Durante décadas se hizo opaca esa ley, porque los propietarios de capital que se hacen más ricos permitieron, al menos en el llamado primer mundo, que un poco de sus ganancias se compartiera con sus trabajadores y aun con los jubilados y los parados. Pasaron esos tiempos: el empobrecimiento y la pauperización social no sólo afectan ya a las poblaciones del tercer mundo. La compulsión a la constante acumulación de capital exige tasas de beneficio cada vez mayores también en los países industriales. El ulterior crecimiento de la riqueza en manos de los ricos necesita de una más radical explotación de los trabajadores a escala planetaria y de una ulterior expropiación de los pobres. Subvienen a esas necesidades, y aun las impulsan, unos gobiernos complacientes mientras no se les pare democráticamente los pies.
¿Cuánto tiempo tolerará la humanidad el capitalismo y el impulso asocial de una relativamente pequeña camarilla de logreros y aprovechados? Me acuerdo ahora de la consigna de una iniciativa de cristianas y cristianos canadienses de izquierda: "We can’t afford the rich". Porque es lo cierto que los ricos nos están saliendo ya demasiado caros.
Traducción para www.sinpermiso.info : Amaranta Süss
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