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ALBERTO ARMANDO “PATO”
GARBIGLIA
Nacido en Santa
Eufemia, departamento Juárez Celman, provincia de Córdoba, el 5 de julio de
1953, sus padres ARMANDO SAURO GARBIGLIA y NELIDA MARGUERITA GIRAUDO, dos
hermanas menores, ROSA ANA y ALICIA ESTHER.-
Santa Eufemia es un
pueblo rural de 1500 habitantes, situado sobre la ruta provincial Nº 4, a 230
km al sur de la capital provincial, en la rica región agrícola ganadera,
denominada pampa gringa.
Integrante de una
reconocida familia empresaria de simpatías radicales (UCR), familia cuya
historia es la típica inmigrante italiana. Piamonteses en su mayoría, de abuelos
zapateros y peones de campo, cuyo capital original eran sus manos y sus oficios.
Construyeron su bienestar económico y cultural sobre la base del trabajo
constante, una economía austera y un espíritu permanente de ascendencia
social.-
Era de estatura y
contextura media, quizás un metro sesenta/setenta, notables chuecas, rubio, ojos
verdes y cejas anchas.
Fue un alumno
destacado, la primaria y hasta 6ª grado asiste a la escuela provincial
Bernardino Rivadavia en Santa Eufemia, luego junto a otros compañeros del
pueblo como Miguel Watson, Enrique Watson, Roberto Rezzonico, Ernesto Garbiglia,
Salvador A. Diaz, parten a Córdoba, al Colegio La Salle, internado de curas. En
el nivel secundario integra el Cuadro de Honor y participa en deportes,
integrando el equipo de fútbol.-
En el afán de anticipar
el ingreso a la universidad, junto a Ernesto Garbiglia y Salvador A. Diaz, de
familias de clase media coterráneas que realizan igual periplo, terminan el
secundario en Santa Eufemia, acortándolo en un año.
Integra el equipo de
fútbol de primera del pueblo, en los años en que el club Sportivo Rural, Los
Patos, alcanza sus mejores rendimientos regionales, siendo un defensor número
puesto en todos los partidos.
Llega a Córdoba en 1971
para realizar estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, se
encontraba cursando materias de tercer año cuando desaparece.-
En junio de 1975 la
Triple A allana el departamento donde vivía en barrio Güemes, calle Santiago
Temple 452, de Córdoba, donde pasa a la clandestinidad.-
El 26 de agosto de 1976
se reúnen en una quinta en la ciudad de Villa Maria, provincia de Córdoba,
donde son atacados por la policía y logran huir, junto a un compañero llega a
Santa Eufemia y se queda hasta que le proveen de documentos
falsos.-
En una oportunidad
estando en Córdoba su hermana Rosana, le dijo le llamara Daniel
Álvarez.-
En julio de 1977 se
muda a una pensión, lo acompaña Cristian a llevarse un colchón, quedan en
volverse a ver en un par de días, pero, este fue el ultimo contacto, no sabemos
cómo ni dónde lo secuestraron.- Cristian quien lo había acompañado se ausenta de
la provincia y no sabemos siquiera dónde era la pensión.-
Hacia diciembre de 1977
Se realizo la presentación personal y verbal en el Episcopado de Córdoba, para
solicitar su intermediación por su integridad física, el secretario de
Primatesta, custodiado en la puerta por soldados dice no saber
nada.-
Al mismo tiempo la
madre presentó el Habeas Corpus en La Carlota, 25 km al sur de Santa
Eufemia.-
En enero de 1985 la
Conadep le asigna el Legajo Nº 7473.-
Hacia l997 al folio 4,
tomo 1, año 1997-Libro de Desaparición Forzada de Personas de la Dirección del
Registro del Estado Civil y Capacidad de las Personas
Alberto Garbiglia, el “pato”
Garbiglia era una buena persona.
Fundamentalmente... era
eso: un buen tipo.
Sus convicciones
guevaristas le EXIGÍAN tratar de ser una mejor persona día a día: solidario,
desinteresado, participativo, defensor a ultranza de los derechos de los mas
humildes, en una búsqueda apasionada de otra sociedad, más
justa.
Aunque siempre se
esforzó por mantener contacto con su familia y sus amigos de infancia y
adolescencia, muchos se hubieran sorprendido de conocer la intimidad de su
evolución personal desde que se fue de su Santa Eufemia natal para estudiar en
la universidad.
De familia de clase
media típica de la pampa gringa, sus últimos dos años de vida los pasó entre
Villa Libertador y Santa Isabel, barrios obreros de Córdoba, trabajando de peón
de albañil, obligado por la persecución de las AAA del peronismo de derecha que
le impedía figurar en cualquier registro institucional (ya que ellos eran
informados para buscarlo), pero también cumpliendo de esta manera su compromiso
con los pobres.
Era un “militante de
base”, barrial, del PRT-ERP cordobés.
En el año ’71 llegó a
una Córdoba en ebullición, que viene del Cordobazo del ’69, que tira abajo la
anterior dictadura de Ongania – Lanusse.
Si en Santa Eufemia era
apreciado por ser un defensor “de los Buenos” en el Club Sportivo Rural,
Alberto es recordado por sus compañeros de Medicina como un inteligente
estudiante (de los mejores), un buen compañero (de esos que se buscan para
estudiar juntos), un muchacho simpático y buen mozo (con mucha “suerte” con las
chicas).
Un estudiante
comprometido con lo social, que organiza el FAS en la facultad y el Hospital
Clínicas. El “Frente Antiimperialista por el Socialismo”, que intentó proponer a
Agustín Tosco como candidato a Presidente en las elecciones del
’73.
Por esta actividad
pública es buscado por las AAA a punta de pistola en el ’75, quienes violentan
la casa que alquilaba con otros estudiantes, amigos del pueblo. Fue muy
comentado que a uno de ellos le ponían el caño de la 45 en la boca, reclamándole
que dijeran donde estaba Garbiglia.
Eso lo obliga a pasar a
la clandestinidad.
Por mucho menos de eso,
miles de argentinos se fueron del país.
El Pato eligió
“proletarizarse” como se llamaba entonces. Trabaja en la construcción como
simple peón: él, que siempre fue “Cuadro de Honor” en el Secundario, alguien que
estaba llamado por sus orígenes y convicciones a ser un eminente profesional
médico.
Se hacía llamar
Pablo.
Las patrullas militares
te paraban en los puentes del Río Suquia y controlaban a todo el mundo,
cotejando las listas negras que confeccionaban.
En el `76 y `77 se
relacionó mucho conmigo y con Raúl, quién le brindó su casa para cobijarlo en
esos momentos duros, cuando muchos “se borraban” por el terror implementado por
los peores asesinos y torturadores de nuestra sociedad. Raúl, a pesar de no
compartir la metodología político militar del ERP, supo solidarizarse
valientemente con un perseguido como el Pato, quién ni en esos terribles
momentos perdía su alegría de vivir y cuyas únicas “armas” –en el sentido real y
concreto- eran su voluntad y convicciones.
A propósito de esto,
una anécdota graciosa. Tito -un amigo del pueblo- una vez lo palmea en la
cintura y –sobresaltado- saca la mano rápido, “¡estás calzado!” dice conociendo
sus simpatías políticas. Era una revista partidaria que llevaba oculta. Eran
las llamadas “El Combatiente” y “Estrella Roja”, ilegales por supuesto.
No era un arma, pero
una sola de ellas te garantizaba la peor de las suertes en La Perla, la D2 ó San
Vicente, alguno de los campos de concentración adonde habrá ido a
parar.
Su familia le rogaba
que se fuera de Córdoba, pero el –desafiante- no entendía
razones.
En una especie de
“Crónica de una Muerte Anunciada” fueron cayendo sus compañeros de militancia.
Otra anécdota que nos
“pinta” el Pato de esos tiempos, cual era su filosofía rebelde: Sabíamos que
tenía una plata que le habían dado para guardar. Hoy serían $ 200, a lo mejor.
El Pato, perseguido ya de cerca por los milicos, había tenido que dejar urgente
la pensión en que paraba. Entonces le sugerimos que utilizara ese dinero para la
emergencia. El contestó: “Nó, ese dinero es de la organización, no para usar en
cuestiones personales.”
Igualito a los
políticos y gremialistas actuales.
La última vez que
supimos de él, fue cuando lo acompañó Cristian, otro amigo estudiante, a llevar
su colchón a una pensión de Alto Alberdi...
El “Pato” Garbiglia
perdió en su pelea contra la dictadura genocida. Lo “desaparecieron” en junio
del ’77, días antes de su cumpleaños número 24.
Al mes de desaparecido,
su madre presentó un “Habeas Corpus” en la Justicia, que no prosperó. Yo llevé
una nota al Episcopado, pidiendo la intervención de Monseñor Primatesta. Me
atendió su Secretario, con un soldado –armado con FAL- custodiando su puerta.
Dijo: “No podemos hacer nada”.
En la pensión dijeron
que lo había llevado la policía. Tal vez ellos mismos
informaron.
Ganaron los militares,
ganó el General Menéndez.
Los resultados de esa
lucha por modelos sociales opuestos la vivimos hoy: una “democracia” formal
dirigida por los políticos complacientes que lo aceptan en sus palcos oficiales,
con una “justicia” que lo salva una y otra vez, protegiéndolo en su casa como un
abuelito inocente.
Todos perdimos, hasta
los que lo desconocen –en su ignorancia- o pretenden desconocerlo -en su
ideología- a menos que se pertenezca al 10 % de los ricos cada vez más ricos de
nuestra Argentina. Ellos sí ganaron. Son los pocos que ganaron, cada vez menos
argentinos, cada vez más poderosos.
Ellos ganaron, pero el
péndulo de la historia sigue...
En las Marchas por
Justicia que se realizan en Córdoba, desde hace muchos años, llevamos una
pancarta con su foto de joven sonriente. Muchas veces se acerca alguien que lo
recuerda BIEN.
Por eso, tal vez sólo
por eso, la UTOPÍA del Pato está vigente. Hoy y siempre. Que su memoria nos
sirva para caminar hacia un horizonte mejor y más justo.
Carlos Sin Apellido
(los asesinos y torturadores todavía están sueltos)
Domingo 26 de febrero de 2006
Coleccionable - Transitando los caminos de la vida para no volver a cometer los mismos errores como sociedad
Una historia común, como otras 30 mil historias
Alberto Armando Garbiglia era de Santa Eufemia. Estudiaba en Córdoba. A partir de que comenzó a sentirse perseguido por los sicarios del régimen, los encuentros con sus padres y hermanas tenían lugar en Villa María. El caso de su desaparición se hace público hoy, 28 años después
Escribe: Jesús Chirino
A días de conmemorarse los treinta años del golpe militar de 1976, una vecina de Villa María, hermana de un desaparecido, puede hablar por primera vez públicamente acerca del miedo que le robo la palabra a su familia. Rosa Ana, empaña sus ojos azules recordando a ese hermano que hace 28 años está buscando. Alberto fue una de las tantas ausencias sembradas por aquellos que ejercieron el Gobierno durante el período más patológico de nuestra República.
Su familia proviene de la localidad de Santa Eufemia, distante unos noventa kilómetros de nuestra ciudad, cerca de La Carlota. Allí nació, en julio 1953, Alberto Armando Garbiglia, el mayor de tres hermanos. Jugador de fútbol en su juventud, se lucía como número tres en el equipo local, el Club Rural Los Patos. Como defensor formó parte de aquel histórico grupo que permitió que la institución volviera, luego de varios años, a subir a lo más alto del podio cuando logró el campeonato regional de 1972.
Luego de realizar sus estudios secundarios, inició la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba. La hermana recuerda que en 1977 “estaba haciendo materias de tercer año”.
A su temprana edad Alberto, “Pato”, como le decía la familia, ya se había comprometido con la realidad social de este país. Por ello la dictadura militar en 1976 lo encontró en la capital provincial militando “en los barrios, para el ERP”. Como todo joven que estudia en otra ciudad, Alberto regresaba de manera periódica a su terruño para visitar a su familia. En una de aquellas visitas, en octubre de 1975, cuando creía que podía asistir a la fiesta de los quince años de su otra hermana, la más pequeña, el encuentro no pudo concretarse. Una vecina amiga avisó a la familia que a la Comisaría había llegado la orden de detención para Garbiglia. Ante la posibilidad concreta de ser arrestado no arribó al pueblo, pero igual no dejaría de visitar a los suyos.
A mitad de camino
Su hermana recuerda que “siempre llegaba, pero nunca sabíamos nosotros el día que iba a hacerlo. Después, cuando comenzó a resultar dificultoso, empezamos a juntarnos aquí en Villa María”. Algunas de las fotos que acompañan este artículo corresponden a uno de esos encuentros familiares en esta ciudad.
Por miedo, los padres le habían pedido a Rosa Ana que no fuera a estudiar a Córdoba. La madre le decía “a Córdoba no te vas, porque ya está Alberto. Como no pude ir, comencé a ver qué carrera seguía acá, en Villa María”. Entonces eligió estudiar “Ciencias Económicas en el Rivadavia”. Alberto venía y la visitaba.
También cuando ella viajaba a Córdoba se encontraban y compartían largas horas: “No me acuerdo cómo nos comunicábamos, pero cuando yo iba, siempre nos encontrábamos. El sabía a qué hora y dónde yo iba, entonces me encontraba. Mi mamá nunca supo de esto”.
El último contacto
En junio de 1977 los dos hermanos mayores tenían acordado encontrarse en Villa María. Rosa Ana había conseguido trabajo, tenía cosas para contarle, esperó con las ilusiones de cada visita pero, dice, “esa vez nunca apareció, esa vuelta no apareció...”. “En los primeros días de julio me habló mi primo y me dijo: ¿sabés algo?”. Ella respondió que no sabía nada, que habían quedado de juntarse “pero no vino”. Con miedo preguntó “¿qué sucede?”. Tranquilizador su primo por teléfono le expresó “no, nada, quedate tranquila”.
El primo Carlos también militaba en Córdoba. A él le quedó la responsabilidad de intentar averiguar algo sobre Alberto y hacer las presentaciones ante los organismos de derechos humanos. Pero esa búsqueda, como tantas otras en nuestro país, no tuvo muchos frutos. No hay fecha cierta de la desaparición de Alberto. Se calcula que sucedió entre junio y los primeros días de julio de 1977. La familia tampoco tiene datos certeros de su detención. La hermana es muy elocuente cuando, acerca de lo que le pasó a Alberto en aquellos días, dice: “No tenemos nada”.
La historia llegó a un punto en que la bruma de la incertidumbre cubrió todo, la ansiedad tiñó cada día de la familia y el miedo comenzó a materializarse en un manto de silencio que enmudeció los comentarios. Al poco tiempo, fueron a retirar las pertenencias de Alberto en el lugar que ocupaba en Córdoba, “a una cuadra y media de la cárcel, en una pensión. Cerca corría un hilo de agua, un río o un arroyo. El vivía allí”. Siguieron las presentaciones ante la Justicia y, sobre todo, el tiempo que día a día hundió, cada vez más, en un pesado silencio a la madre.
El padre siempre recordó y aguardó a su hijo. Hasta el último día de su vida escudriñó rostros y miradas, tratando de encontrar lo que siempre esperó. Una voz que sale a flote
Ahora Rosa Ana se anima a hablar y nos permite charlar con ella sobre el tema, aunque su llanto es incontenible y no puede ocultar el dolor. Hoy nos cuenta cosas de su hermano, pero sabemos que por muchos años, cada vez que alguien le preguntaba sobre Alberto, el llanto ahogaba su voz volviendo imposible cualquier relato. Es de imaginar que la madre también esperó, pero no podía hablar de su hijo en la casa. No es difícil pensar que el miedo fue lo que le quitó sentido al decir. Paradójicamente la mamá de Alberto que, por una patología que sufre actualmente, tiene problemas de memoria, ahora ha podido hablar del tema con sus terapeutas. Su hija cuenta que en una oportunidad, cuando le hicieron una prueba de memoria, le surgió un recuerdo que quizás le había preocupado a lo largo de todos estos años. Llorando habló de un hombre que visitó su casa en Santa Eufemia, mucho antes que desapareciera Alberto.
El personaje se hizo pasar por amigo de su hijo, pero luego de charlar un poco la señora se dio cuenta que no era tal si no alguien que quería sonsacarle información sobre Alberto.
Entonces, de manera inmediata, lo despachó. Pero casi seguro aquel desconocido sembró miedo y quién sabe qué otras emociones en ella.
Han pasado tantos años y recién en los últimos meses esta mamá ha podido llorar abiertamente a su hijo ante terceros. Su discurso no es muy claro pero su hija dice “muchas veces la escuchás hablar de ese hombre”. Todas esas terribles emociones que sufrían, y sufren, las familias de desaparecidos, no han sido otra cosa que consecuencia de la manera en que ciertos grupos ejercieron el poder en Argentina, inclusive desde antes de la dictadura militar.
La falta de certeza
La desaparición de personas inhibe la manifestación del duelo porque niega las certezas, no sabe dónde está el ser querido, si está vivo o muerto. Entonces, hasta los sueños se transforman en horribles pesadillas, porque la realidad que se vive es horrible. Al no tener un grado de certeza aceptable sobre qué pasó con el familiar, no puede asumirse el duelo porque a pesar de la ausencia es una situación no legítima. Cuando le preguntamos a Rosa Ana sobre los motivos de esos silencios producidos en la familia, su respuesta es rápida y sin dudas, “es el miedo”.
Ahora sus hijos -sobrinos de Alberto- le ayudan, la acompañan en la vida para que hable “del tío ‘Pato’”. Entonces se ha acercado a organizaciones de derechos humanos y busca datos. Repartiendo las publicaciones de las Abuelas de Plaza de Mayo dice: “A veces me pregunto si no tendré algún sobrino”.
Le preguntamos si quiere decir algo más de su hermano, hay tantas cosas guardadas, y elige una. “Recuerdo que mi hermano siempre me decía andá con la cabeza en alto que no estás haciendo nada malo, y sí fijate si te siguen cuando vayas a algún lado”. Después sigue recordando cómo, cuando sus hijos eran pequeños, todos acostados en la misma cama, escuchaban los relatos sobre ese tío que no se sabe dónde está.
El drama de esta mujer y su familia, es el drama de miles de familias argentinas, el drama de nuestra historia como sociedad. Dentro de poco se realizarán muchos actos que recordarán que hace treinta años los militares asesinos llegaron al poder. Quizás en algunos de esos actos se hablará de esta tragedia como algo que pasó, pero el drama de esta vecina de la ciudad, como el de otros conciudadanos, hace que tengamos presente que el dolor sigue vigente aún hoy.
Quizás el pasado no es eso que de manera indefectible dejamos atrás sino que, al constituirnos, nos sigue sucediendo mientras como sociedad no logramos superarlo a partir de la verdad.
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