martes, 07 de octubre de 2008

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América Latina: La polarización inevitable (por Raúl Zibechi) Imprimir E-Mail
Enviado por Agencia Latinoamericana de Información (ALAI)   
domingo, 22 de octubre de 2006

Raúl Zibechi

De Brasil a México y de  Venezuela a Bolivia, el escenario latinoamericano atraviesa una  creciente polarización que se manifiesta tanto en los procesos  electorales como en la vida política cotidiana. Uno de los efectos de la  actual ofensiva conservadora, comandada por la administración Bush  contra los gobiernos progresistas y los movimientos sociales, es haber  trasladado a la arena política la polarización social y cultural  pofundizada por el neoliberalismo. 

Poco importa que se trate de gobiernos moderados como los de Luiz Inacio  Lula da Silva (Brasil) o Tabaré Vázquez (Uruguay), o de gobiernos más  audaces y transformadores como los de Evo Morales (Bolivia) y Hugo  Chávez (Venezuela). La polarización crece a paso de gigante y, en gran  medida, ha sido promovida por las derechas, las elites y la política de  George W. Bush. Sin embargo, es un fenómeno complejo, no reducible sólo  a la actitud de una de las partes temerosa de perder sus privilegios  -que no siempre están en juego- o al deseo del imperio de recuperar el  terreno perdido. Además de estos indudables factores, parece estar  jugando de modo relevante el papel más activo que están tomando los  grupos sociales que hasta ahora parecían condenados a soportar la  dominación de forma pasiva.

Por qué las elites brasileñas quieren impedir el triunfo de Lula,  cuando esas mismas elites se beneficiaron de su política económica? ¿Es  tan temible Andrés Manuel López Obrador, quien se considera amigo del  multimillonario mexicano Carlos Slim Heliu? Puede entenderse la ofensiva  política del imperio y de las elites contra Hugo Chávez, y también  contra Evo Morales, quienes encabezan gobiernos dispuestos a promover  cambios de fondo que -inevitablemente- perjudican a las clases  dominantes. Pero en muchos otros casos, no está en discusión ni el  modelo neoliberal ni los privilegios que gozan los poderosos. En líneas  generales, no hay una respuesta sencilla, pero la situación ha llegado a  un punto en el que los poderosos sienten que el suelo sobre el que viven  está temblando. Y sienten la ansiedad de que el temblor se convierta en  terremoto. Hay por lo menos cuatro razones para esta creciente  polarización: el imperio necesita conquistar más y más recursos  naturales y para ello necesita gobiernos fieles; las elites locales se  sienten inseguras y buscan amarrar gobiernos amigos; los mínimos cambios  no estructurales que introducen algunos gobiernos progresistas, pueden  darle fuerza (empowerment) a los más pobres; y finalmente, los  movimientos del abajo siguen avanzando y creciendo. Todo esto genera una  coyuntura, mirada con los ojos de los de arriba, de creciente  “inestabilidad” para sus intereses.

Elites e imperio

Para los de arriba, lo grave no es sólo lo que está sucediendo sino lo  que puede venir. Ciertamente, el imperio necesita seguir avanzando sobre  los recursos naturales (petróleo y gas, agua y minería) como forma de  contrarrestar tanto su progresiva debilidad como ante la inminencia del  agotamiento de los hidrocarburos a plazo más o menos fijo. La  dependencia petrolífera de Estados Unidos es cada vez mayor, y contar  con fuentes seguras y accesibles es uno de los objetivos de la  estrategia de los halcones de Washington. El fracaso de la ocupación de  Irak y las dificultades para estabilizar toda la región del Oriente  Medio, imponen volver la mirada a lo que -supuestamente- era el espacio  seguro, retaguardia y garantía última del control planetario: América  Latina. Es aquí donde la “acumulación por desposesión” (explicitada por  David Harvey como la forma de enriquecimiento de las elites mundiales en  el período actual) encuentra límites precisos por parte de las sociedades.

Pero no es ése el único problema del imperio. Como se sabe, el control  político es clave para asegurar el acceso a las materias primas y a  cualquier recurso natural. Por otro lado, Washington tiene una larga  experiencia en el trato con gobiernos que le son adversos y suele  implementar formas de “ablande”, ya sea directas o indirectas,  político-militares o comerciales. El problema de fondo, es que la oleada  de gobiernos progresistas y de izquierda coincide con el ascenso de la  movilización social, que está fuera de control tanto del imperio como de  las elites. Es esa confluencia real, con o sin alianzas de por medio, la  que impide a Washington y a las elites operar al modo tradicional. ¿De  qué sirve un golpe de Estado si la gente sale masivamente a la calle y  consigue neutralizarlo?

Las elites locales se sienten inseguras, por esos mismos motivos y por  otros más. Los de abajo se han vuelto ingobernables, y van a más. La  experiencia de la “comuna de Oaxaca” es el ejemplo más reciente. Pueden  entrar a sangre y fuego. Pero, ¿quién les asegura que el incendio no se  propagará a otros estados, al propio México DF, con resultados  inciertos? La represión no es garantía de continuidad de la dominación,  como en tiempos anteriores. Hoy resulta inimimaginable, aún en el México  gobernador por la derecha, algo similar a la masacre de Tlatelolco que,  38 años atrás, garantizó la paz de los sepulcro

Pero hay más. Las elites latinoamericanas ya no se sienten seguras ni  siquiera en sus recintos amurallados, enrejados, vigilados y alejados de  los pobres. Temen verse obligadas a tener que seguir el camino de  Gonzalo Sánchez de Lozada, el ex presidente boliviano forzado a huir a  Estados Unidos por una insurrección popular. Sienten pánico hacia los  jóvenes pobres -negros, indios o mestizos- o sea a la inmensa mayoría de  la población. Sienten que ya no pueden dominarlos con prebendas  clientelares. Peor aún, no tienen siquiera líderes con los que negociar,  a los que sobornar o asesinar. Y son cientos de millones aglomerados en  las periferias de las grandes ciudades, que tienen a “los dioses del  caos de su parte”, según la feliz definición del urbanista Mike Davis.  Ese pánico creciente, los lleva a buscar que “uno de los suyos” esté en  el gobierno. Por eso detestan a Lula, aún sabiendo que Lula no los va a  expropiar ni va a poner en cuestión sus privilegios.

Poderes de abajo

Para muchos integrantes de las elites, ha llegado el momento de poner  freno al creciente poder de los pobres. Por curioso que parezca, las  políticas focalizadas para “combatir” la pobreza, diseñadas por el Banco  Mundial y puestas en marcha por los gobiernos de Argentina, Brasil y  Uruguay, entre otros, no son ya garantía de paz social. La experiencia  argentina reciente parece confirmarlo: los planes y subsidios creados  por Carlos Menem, no sólo no debilitaron la protesta social sino que la  potenciaron. Planes como Bolsa Familia, pueden contribuir a diferir la  protesta de los más pobres, pero no van a conseguir integrarlos como  ciudadanos de primera. Por el contrario, algunos indicios apuntan hacia  un “empoderamiento” de los más pobres, que pueden estar motivados a  pedir más o a organizarse ahora que hay un gobierno dispuesto a escucharlos.

Quiero decir que esos planes, diseñados en efecto para dispersar y  adormecer la capacidad de movilización autónoma de los más pobres,  pueden tener efectos contrarios. Sobre todo en una situación de alza de  los movimientos de los de abajo. No estoy asegurando que algo así vaya a  suceder, pero, en la mirada de las elites, es una posibilidad, una  eventualidad que sería mejor evitar. De ahí las críticas a los planes  sociales, en todos los países del continente.

Por último, los movimientos del abajo son ya imparables. Las elites y el  imperio no saben cómo hacerlo. Las sociedades empiezan a dividirse,  hasta países enteros aparecen divididos. El México del Norte vota  derecha, en tanto el del Sur vota izquierda. El Brasil del Sur y Sureste  votan derecha donde antes habían votado izquierda, mientras el Brasil  del Nordeste, el Brasil pobre y profundo, se vuelca por primera vez y  masivamente a la izquierda. Y así en todas partes. En Bolivia, en  Ecuador y en Uruguay, en Caracas, Lima y Buenos Aires, en cada lugar a  su modo y con sus características propias, naciones, sociedades y  ciudades exhiben sus fracturas étnicas y clasistas. La novedad es que  ahora la fractura social se está convirtiendo en fractura política. La  polarización social y cultural se están politizando. Ahora los  territorios de los ricos votan derecha y los territorios de los pobres  votan izquierda. Por eso los medios conservadores están enloquecidos,  porque la lucha social ha desnudado la máscara de la doble ciudadanía. Y  se ven forzados a construir murallas que separen barrios, y hasta países.

Cuando los medios de los poderosos se empeñan en fabricar “golpes de  Estado mediáticos”, es señal de desesperación, no de fortaleza. Cuando  el velo de la dominación ha sido arrancado por los hechos -ya sean  hechos electorales o insurreccionales-, es la propia dominación la que  está en juego. James Scott nos recuerda en Los dominados y el arte de la  resistencia, un texto cada vez más actual, que cuando los oprimidos se  atreven a decir sus verdades a cara descubierta, en público, es porque  sienten que los días de la dominación están contados. Esta es,  precisamente, la percepción que tienen las elites, desde Washington a  San Pablo. 

 
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Enviado por Clara Petrakos

Mi hermana nació entre el 8 y el 13 de abril de 1977 en Banfield, provincia de Buenos Aires.

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