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Enviado por Hervi Lara   
viernes, 26 de agosto de 2005

SEMINARIO INTERNACIONAL: DERECHOS HUMANOS, ÉTICA Y RESPONSABILIDADES HUMANAS

Ponencia de Hervi Lara

Comisión Ética Contra la Tortura

I

Derechos humanos, ética y resposabilidades humanas. Los tres conceptos están íntimamente implicados entre sí. No puede darse uno sin los otros dos. La ética es una responsabilidad. La responsabilidad es un deber ético. Una de las principales responsabilidades éticas hoy, es la defensa y promoción de los derechos humanos.

Pareciera necesario, por tanto, aclarar las definiciones para desintoxicar los espíritus, aunque ello signifique ir en contra de la corriente. No es lo mismo ética que legalidad; tampoco se puede reducir la ética a expresiones emotivas ni a otras subjetividades. Estas han sido algunas de las máscaras del mal, que han revuelto los conceptos, haciendo que el mal aparezca como bien. ¿Quién puede descubrir estas mascaradas?

Hay hombres que quieren mostrarse sensatos; pretenden hacer el bien a todos por igual. Debido a ello, son aniquilados por las fuerzas que chocan entre sí. Se ven condenados a la esterilidad. Y es así como se retiran con resignación o bien se entregan incondicionalmente al más fuerte.

El fanático cree poder enfrentarse al mal con la pureza de sus principios. Pero, muy luego, se cansa. Se enreda en lo accesorio y cae en la trampa que le tiende el más sagaz.

El hombre de conciencia lucha solitario contra la superioridad de situaciones disyuntivas que le exigen una decisión. Pero la envergadura de los conflictos entre los que tiene que escoger, le destroza. Se contenta, así, con tener una conciencia tranquila en lugar de una conciencia digna.

El camino seguro del deber pareciera ser el indicado para huir de la desconcertante profusión de decisiones posibles. Lo ordenado es tomado como la máxima verdad. La responsabilidad de la orden queda en manos de quien la entrega y no en manos de quien la ejecuta. Limitándose a obedecer órdenes, no se asumen las responsabilidades personales, por lo que se llegan a cumplir órdenes demoníacas.

Otro, aceptará lo malo para evitar lo peor. Y al hacerlo, no será capaz de reconocer que lo que quiere evitar habría sido lo mejor. Es aquí donde se encuentra el principio de las tragedias.

Aquél, el de más allá, para huir de todo debate, podría buscar el refugio de una virtud individual. Para ello, tendrá que cerrar los ojo, los oídos y los labios ante la injusticia que se comete a su alrededor. Lo que haga, no podrá tranquilizar la conciencia por lo que habrá dejado de hacer, aniquilándose o convirtiéndose en el más hipócrita de los fariseos.

Sólo se mantiene firme el que es capaz de ser responsable y asume la actitud ética exigida por la historia. La responsabilidad supone, en el momento de la acción, una capacidad para actuar de distintas maneras. Es ésta la libertad. Por tanto, la conciencia de la responsabilidad comprende a la libertad y la libertad, a su vez, encierra el compromiso. Es ésta la responsabilidad ética, y que hoy es un término en boga, por lo que corre el riesgo de que se desvirtúe su contenido.

II

Etica es la reflexión filosófica sobre la bondad o maldad de los actos humanos, -tanto individuales como sociales-, realizados libre, voluntaria y concientemente.

Sin duda, existen distintos sistemas éticos. Estos se orientan según la visión del mundo en la que se basen, en el sentido de que reconozcan o no un principio superior al hombre, teniéndose como único recurso a la razón.

Un sistema ético heterónomo afirma que el hombre, por su razón y su voluntad, puede alcanzar su fin último, esto es, lo absoluto. Esto significa que los actos humanos están determinados por la conciencia, la cual es expresión del llamado derecho natural. En este marco, el hombre, por naturaleza, es un ser social y el bien común es determinante en su obrar. Consecuentemente, el bien y la responsabilidad ética se expresan a través de la justicia social.

Un sistema ético autónomo, expresa que el valor moral consiste en hacer el bien por deber y no por inclinación. El deber es la realización de la acción racionalmente. Y la autonomía de la conciencia es el fundamento de la dignidad humana.

Otro sistema ético afirma que el sentido de la historia radica en la realización del hombre por sí mismo. En la sociedad capitalista, es el capital el que condiciona la acción del hombre y, por tanto, también la responsabilidad ética. Es ésta una ética históricamente condicionada.

En una época azotada por las violaciones de derechos humanos, las exigencias de verdad, justicia y reparación, así como la búsqueda de respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos, pareciera necesario que estas nociones se sustenten en valores absolutos. A esto se le denomina ley natural, es decir, la vida es regulada por valores absolutos, como por ejemplo, la dignidad de todas las personas y de cada persona en particular.

El positivismo y los materialismos que de él se han derivado, niegan la existencia de la ley natural, porque consideran que la ética es producto de la sociedad, y estaría sujeta a los cambios de la misma. Este tipo de concepciones ha llevado a justificar las violaciones de derechos humanos y la explotación de los trabajadores, al considerarse las relaciones sociales y económicas como expresiones de la naturaleza material. Es así como la persona humana es considerada una mercancía.

En cambio, la ética exige una base de justicia. La justicia es el principal valor ético, por ser el más próximo a la razón. La justicia es “el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, proporciona a cada cual su derecho”. (“S. Th.”, I-II, q. 6.). La vida humana está regida por la razón y la voluntad y tiene un sentido de orientación hacia un fin. Todo esto se logra a través de actos concretos, que deben poseer calidad ética: ser buenos o malos.

Pero la ley natural, que es inmutable, es tal porque se ordena al bien común. No es expresión del bien común, por tanto, la forma en que hoy se concibe a la propiedad privada de los bienes de producción. La limitación de las posesiones y la limitación de la libertad (como lo son la esclavitud y la explotación de los trabajadores), no han sido introducidos por la naturaleza, sino por la voluntad de los hombres. (Cfr: “S. Th”., q. 94).

Por lo anterior, la ley positiva es realmente le, sólo en cuanto se ajusta a la razón. Y, así considerada, es manifiesto que procede de la ley natural. En cuanto se aparta de la recta razón, se convierte en ley inicua. (“S. Th.”, I-II, q. 93, a. 3 ad 2). Esto significa que “la ley tiránica, por lo mismo que no es conforme a la razón, no es ley propiamente, sino más bien una perversión de la misma”. (“S. Th”., I-II, q. 92). Ello, porque el primer precepto de la ley es que hay que hacer y buscar el bien y evitar el mal. ¿Cómo se alcanza este discernimiento? A través de la prudencia, que “es la virtud más necesaria para vivir bien. Vivir bien consiste en obrar bien. Para que alguien obre bien se requiere no sólo de lo que hace, sino también cómo lo hace; de tal modo que se obre bien por elección y no sólo por ímpetu o pasión”. (“S. Th.”, q. 57, a.5). Y como el hombre es un ser social, “la ley se dirige no sólo al bien privado, sino también al bien común”. (“S. Th.”, ll –ll, q. 47, a. ll).

En consecuencia, el fin del hombre es social y, por ende, el fin del hombre es el bien común. En otros términos, los actos humanos están determinados por la conciencia, que es expresión de la ley natural. Como el hombre es un ser social por naturaleza y el bien común es determinante en el ordenamiento de las vitudes del obrar, el cultivo de las virtudes personales se desarrolla mediante la justicia social, puesto que el valor del hombre representa un valor para la sociedad.

Como el hombre tiene derecho a realizarse, requiere de las cosas necesaria para llevar una vida tanto individual como social, en la que por su naturaleza, debe participar activamente. Esta es la solidaridad, puesto que la solidaridad “pone al que ama fuera de sí, y de algún modo lo traslada al objeto amado” (“S. Th.”, I, q. 20, a. 2), que está constituido por los demás miembros de la sociedad. Por tanto, “el bien común es el bien por excelencia de la persona, el que verdaderamente la perfecciona dentro de cada orden de su actividad”. (“S. Th.” I – II, q. 90, intr.).

Lo que constituye la ley es su fin, que es el bien común. Si en una sociedad no existe bien común, sino una condición de injusticia, no puede darse una ley justa, pues el contexto es anómalo. Es la ordenación al bien comú lo que da al hombre la perfección última de su carácter de persona.

El bien común se obtiene en la justicia, tanto en la justicia conmutativa, ya sea en la dimensión de sus relaciones intersubjetivas como en las relaciones sociales; y en la justicia distributiva, con el afán de dar a cada uno lo que le corresponde de acuerdo a los medios de que dispone la sociedad.

De la justicia surge la paz social. Sin la paz, la vida social pierde su sentido. Por tanto, el fin esencial de toda autoridad debe ser crear las condiciones para la paz y para la libertad.

III

La paz también supone la libertad. El hombre es libertad. Cuando el hombre niega su libertad de elección, cae en el autoengaño, porque se cree determinado a jugar un papel, olvidando que éste ha sido objeto de elección, en el sentido de continuar o no representándolo.

Desde esta perspectiva, la bondad o maldad de una acción consiste en un constante compromiso con la libertad, que es también fundamento de los valores. Siendo el hombre un ser social, mi libertad me conduce a la libertad de otros. Por tanto, la ética, además, exige la autenticidad. Y ésta, en querer mi propia libertad y la de los otros. Porque, al buscar la libertad, se descubre que ella, a la vez, depende de la libertad de los demás. Y la libertad mía, depende de la libertad de los otros. Al respecto, alguna vez afirmó Jean-Paul Sartre: “Nunca hemos sido más libres que bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos. Por todas partes encontrábamos el inmundo e inexpresivo rostro que nuestros opresores querían darnos de nosotros mismos. A causa de todo eso éramos libres. Porque, a cada instante, para existir, había que decir que no. Esta responsabilidad total, en soledad total, es la revelación misma de nuestra libertad”. (“Les lettres francaises”, septiembre 1944). Queda así en el hombre la tensión entre penetrar en las exigencias éticas y la conservación de la propia libertad individual. Y esta misma tensión ha llevado a que se confunda la libertad con el individualismo.

IV

La individuación es una categoría particular, porque reside en lo contingente, en lo mutable, en lo concreto. Es lo universal lo esencialmente estable y no sometido a modificaciones. Es el individuo el que toma siempre apariencias cambiantes y accidentales, porque es expresión de limitación.

El individuo sólo tiene sentido dentro de lo universal, en el conjunto y sólo en relación a éste. La conciencia individual del yo sólo surge en reacción inmediata al tú. Esto ratifica que el hombre es un ser social. Lo universal es el mundo, que es una instancia de personas, con conciencia y voluntad. Ello hace que, desde sus respectivos lugares, todos somos responsables de todos. Y la ética es la actividad constructiva de seres dotados de voluntad y conciencia. Es de la voluntad y de la conciencia de lo que depende que el hombre sea y se torne bueno o malo. La unidad de todo radica en que todo es. Y en cuanto es, se diferencia de la nada. Si lo que es existe, se da una diversidad de individualidades, porque el individuo necesita relacionarse con todos los otros y, al mismo tiempo, diferenciarse de los mismos. Esto significa que toda diversidad presupone unidad. La diversidad es posible si cada individuo es uno entre muchos, sin dejar de ser lo que es. La diversidad se constituye por unidades de individuos que, juntos, la conforman. Si los individuos permanecen aislados, nunca forman diversidad. La unidad en la diversidad es la coincidencia de muchos en una determinación común. Esta es la solidaridad humana. No se da la solidaridad en nuestra sociedad, porque no hay un referente común. Más bien es prioritario el individualismo, el aislamiento, la soledad. Y el individualismo no contribuye a la solidaridad, que es la expresión actual del bien común, que es el fin del hombre. Luego, la sociedad actual es deshumanizante, pues impide la configuración de la naturaleza humana. Y la ausencia de solidaridad implica ausencia de responsabilidad.

Al no haber unidad en la diversidad, todo es relativo. Y si todo es relativo, ¿encuentra el hombre valor para la responsabilidad? ¿Y se puede vivir sin ser responsable? Son responsables quienes envejecen trabajando por los demás, renunciando al bien individual por el bien común. Son responsables quienes mueren para salvar a otros. ¿Puede haber responsabilidad cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual o en el éxito fácil? “Cuando la cantidad de culturas relativiza los valores y la “globalización” aplasta con su poder y les impone una uniformidad arrogante, el ser humano, en su desconcierto, pierde el sentido de los valores y de sí mismo y ya no sabe en quién o en qué creer”. (Sábato, Ernesto, “La resistencia”, Seix Barral, Buenos Aires, 2000, pág. 52). Porque cuando todo se ha desacralizado, la existencia es ensombrecida por un amargo sentimiento de absurdo. La historia enseña que la condición última del hombre es trascendente y, por lo tanto, misteriosa. No es posible continuar en la superficie de la vida. ¿Qué ha puesto el hombre en lugar de lo absoluto? El hombre contemporáneo no se ha liberado de cultos y altares. El altar permanece, pero ya no es el lugar del sacrificio y de la abnegación, sino del bienestar, del culto a sí mismo, de la reverencia a los grandes dioses de la pantalla. Dice Dostoiewski que “si Dios no existe, todo está permitido”. De allí se desprende la cosificación del hombre, que se plasma en las violaciones de los derechos humanos, en la expoliación de los trabajadores, en el cinismo colectivo, en el mal disfrazado de bien.

V

A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. Veinte o treinta empresas, como un salvaje animal totalitario, lo tienen en sus garras. Continentes en la miseria junto a altos niveles tecnológicos. Posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación. El individualismo ha hecho estragos. La total asimetría en el acceso a los bienes producidos socialmente está terminando con gran parte de la humanidad. El sufrimiento de millones de seres humanos que viven en la miseria está permanentemente delante de los ojos de todos los hombres, por más esfuerzos que se hagan por cerrarlos. Es la crisis de una concepción del mundo y de la vida, basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. Para la obtención del dinero han sido válidos todos los medios. En el caos, cada uno saquea lo que puede. Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista; donde tener poder ha significado el endiosamiento de la propiedad privada y la explotación ha llegado a todas las regiones del mundo. La economía reinante conduce a que la población mundial, en gran parte, no pueda seguir viviendo. Es suficiente para que los poderes del mal justifiquen la violencia, la guerra, la represión, el genocidio. Colonialismos e imperios, a través de luchas sangrientas, han pulverizado tradiciones enteras y han profanado valores milenarios, cosificando primero la naturaleza y luego los ideales de los seres humanos. Nuestra sociedad ha adoptado un tipo de bienestar como “deber ser” de la vida, fuera del cual no hay salvación. Este objetivo se ha logrado a través de la imposición del miedo al fracaso y a la exclusión.

VI

Todo lo anterior se refleja en Chile: el modelo económico seguido desde los años de la dictadura, ha ampliado la brecha entre ricos y pobres. Chile está entre 12 países con peor distribución del ingreso en el mundo, según el Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2003. Hay una mercantilización del sentido de la vida, que deshumaniza a las personas y sus relaciones, vaciándolas de valores éticos y remitiéndolas por completo a lo que significan monetariamente. La medida del éxito en la vida es la cantidad de dinero acumulado. Los medios de comunicación de masas, el sistema educativo y las autoridades se encargan de remarcar que vivimos en un mundo de competidores y que los triunfadores son aquellos que, merced a su espíritu emprendedor, vencen en el mercado. Los grandes empresarios son convertidos en “modelos de conducta” a ser imitados por toda la sociedad. La empresas internalizan en la conciencia de los trabajadores que el camino pasa por el esfuerzo individual, la deslealtad con los compañeros y la subordinación a los empleadores. Las personas se endeudan progresivamente, hasta padecer de ”endeudamiento crónico”, tornándose en personas tensas, agresivas, violentas, sumergiéndose en el estrés, la depresión, el alcohol o la droga. Chile exhibe una de las jornadas de trabajo más largas en el mundo, al mismo tiempo que se ubica en el tercer lugar de maltrato infantil, y lidera la región en alteraciones mentales, accidentes de tránsito, tabaquismo, alcoholismo y drogadicción juvenil.

VII

P ero, nosotros estamos aquí, al “igual que sobrevivientes que vuelven de la guerra”. Nuestra presencia insiste en creer que “la misión del hombre es ser rebelde y combatir el absurdo y la crueldad, luchar por la libertad, la justicia y la felicidad en un mundo que las niega”. (Camus, Albert, Revista “Ercilla”, 28-8-1949). No queremos escapar a la historia, puesto que estamos totalmente inmersos en ella. Hay que combatir el miedo y el silencio. Hay que defender el diálogo y la comunicación universal entre los hombres. Esto se manifiesta en los diversos movimientos sociales que se han ido reconstituyendo y han desarrollado luchas sectoriales de resistencia a las pretensiones de mayor opresión y exclusión de parte de las clases dominantes, y de generación de propuestas alternativas. En Chile, por ejemplo, el movimiento de derechos humanos cobró renovados bríos al arrancar el Informe sobre Prisión Política y Tortura (2004), que arrinconó al ejército, forzando a su Comandante en Jefe a reconocer (aunque con ambigüedades), la responsabilidad institucional en las violaciones de derechos humanos durante la dictadura. Desde el 2001, la Comisión Etica contra la Tortura ha coordinado el esfuerzo de diversas organizaciones de derechos humanos y de agrupaciones de víctimas, para obtener del Estado verdad, justicia y reparación para las víctimas de tortura. El gobierno se ha visto obligado a crear la Comisión de Prisión Política y Tortura, el 23 de noviembre de 2003. No obstante el avance que esto ha significado, la CECT considera la exclusión de varias decenas de miles de víctimas, tales como las personas detenidas en las manifestaciones públicas; quienes padecieron tortura fuera de los recintos oficiales de detención; las víctimas que han fallecido; los niños que fueron detenidos con sus padres o nacieron bajo cautiverio; los extranjeros; los chilenos torturados en el exterior en el marco de la Operación Cóndor; quienes fueron objeto de detención por menos de cinco días.

Además, la pensión mensual brindada a las víctimas ($120.000, menos de 200 dólares), vulnera el artículo 14 de la Convención Internacional contra la Tortura, donde se reconoce para las víctimas “el derecho a una indemnización justa y adecuada”; no hay reparaciones jurídicas y morales para los afectados; así como tampoco medidas educativas y de prevención a la tortura; la ley establece una cláusula que impide a los tribunales tener acceso a las imputaciones concretas de delitos denunciados ante la Comisión Valech.

Frente a estas insuficiencias, la CECT propone reabrir indefinidamente la posibilidad de acreditación de las víctimas; aprobar una nueva ley de reparaciones que asuma las propuestas de la Comisión Valech; eliminar legislativamente la cláusula que impide el acceso del Poder Judicial a las denuncias de tortura efectuadas por las víctimas o sus familiares.

VIII

Todo ello nos obliga a hablar del significado de la ética, de la responsabilidad y de los derechos humanos. No es bueno que olvidemos estos conceptos, ni siquiera frente a nuestra propia conciencia, por miedo a tener que juzgarnos a nosotros mismos.

En Chile y en el resto de América Latina, las atrocidades cometidas por las dictaduras militares, al principio eran ignoradas; luego, se empezó a dudar; ahora, todos las conocen, pero continúan callados o usando eufemismos. Tantos años de silencio degradan. Hoy, el sol cegador de la tortura y el crimen alumbra a todos. Bajo esa luz, ninguna risa suena bien; no hay una cara que no se cubra de afeites para disimular la cólera o el miedo. No hay un acto que no traicione nuestra repugnacia y complicidad. Basta ver los diarios y la televisión para que surja la imagen de un cadáver o de un detenido-desaparecido o que aparezca algún cínico que afirma no haber sabido nada de los crímenes de Pinochet.

Estamos encadenados, humillados, enfermos de miedo. No hay estadísticas del alma. No hay manera de medir la profundidad de las heridas del espíritu. Se pueden saber las cifras de las exportaciones, pero no se puede saber hasta dónde han envenenado nuestra subjetividad, hasta dónde hemos sido mutilados en la conciencia, la identidad, la memoria, la razón. Ahora tenemos gobierno civil en lugar de dictadura militar; pero el sistema es el mismo y la política económica no ha cambiado. La libertad de mercado es enemiga de la libertad humana. La usurpación de la riqueza es usurpación de la vida. La avalancha de mercancías extranjeras, que destroza la industria nacional y pulveriza los salarios, implica el autodesprecio: el país escupe al espejo y hace suya la ideología de la impotencia.

Mis palabras reflejan que nuestra tierra está lastimada, pero está viva. La dictadura, que nos obligó a callar, a ocultarnos, a desconfiar, no logró podrirnos el alma. No lograron convertirnos en ellos. Pero el miedo sobrevive, disfrazado de prudencia. A cada rato nos están advirtiendo: ¡cuidado, la frágil democracia se rompe si se mueve! Toda audacia creadora se considera provocación terrorista, de parte de los dueños de un sistema injusto. Un sistema que fabrica miedo para perpetuarse. Se afirma que un gobierno responsable es un gobierno inmóvil, cuyo deber consiste en dejar intactos los crímenes y latrocinios, y en pagar puntualmente los intereses de la deuda externa.

Pero nosotros continuamos vivos. Nos hemos arreglado para seguir respirando y para dar respuestas a la maquinaria del silencio y de la muerte. Seguimos viviendo en aquellos que se quedaron y en quienes tuvieron que irse; en las palabras que circularon de mano en mano, de boca en boca, en la clandestinidad o de contrabando; escondidas o disfrazadas; en los artistas desterrados y en los que en el país cantaron desafiantes; en los profesionales que no vendieron su alma; en los periódicos que morían y renacían; en los gritos lanzados en las calles y en los poemas escritos en las cárceles, en papel de fumar.

La ética, la responsabilidad y el respeto a los derechos humanos han estado y están en la resistencia de los sectores más violentados de la clase trabajadora. No sólo en las grandes manifestaciones callejeras, sino en realizaciones menos espectaculares como las ollas comunes, los comités de viviendas y otras obras de imaginación y coraje que han confirmado que la ética y la responsabilidad son inversamente proporcionales al nivel de ingresos. O más bien, al decir de Martín Fierro, el fuego que de verdad calienta es el que viene de abajo, porque allí todos somos responsables de todos.

 
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