El desconocido episodio de la Caravana de la MuerteLa huella de “El Lobo”El ex dictador Augusto Pinochet, menos “demente”, está de vuelta al proceso caravana, esta vez desaforado por la historia de los GAP Wagner Salinas y Francisco Lara.
Era una mañana de domingo soleada en Curicó, y la mayoría de los oficiales del Regimiento de Telecomunicaciones estaba en sus casas, incluido el comandante Sergio Angelotti. Habían transcurrido 19 días del golpe de Estado y la ciudad estaba tranquila, como todo el país. La esperada resistencia armada de la izquierda se había esfumado. Sólo breves escaramuzas hubo los primeros días en la capital y en un par de ciudades grandes. Pero la represión, especialmente en Santiago, Valparaíso y Concepción, estaba desatada. El capitán Lautaro Vaché, fiscal militar, era uno de los pocos oficiales que estaba en el cuartel esa mañana del 30 de septiembre de 1973. Pasadas las diez, el capitán escuchó el rugido de un helicóptero. La máquina aterrizó en el cuartel. El oficial vio descender a los ocupantes. Arellano se presentó sin preámbulos: –Soy el general Sergio Arellano y vengo con una comitiva militar como oficial delegado del general Pinochet. Llame a su comandante –dijo despectivamente El Lobo, como le conocían en el Ejército por su agresividad. El capitán Vaché mandó a avisar al comandante Angelotti a su casa. Mientras, Arellano explicó al capitán el objetivo de su viaje, y le consultó por la cantidad de prisioneros. No eran muchos en Curicó. Algunos procesos, un par de consejos de guerra, y nada más. LA MISIÓN Le dijo que su tarea consistía en “acelerar los procesos de los prisioneros” y velar por que en las ciudades del sur y el norte “todos tengan un justo juicio” y sean “bien tratados”. A continuación, le mostró el documento mediante el cual Pinochet lo nombró su “oficial delegado” para esos fines. Pero la verdadera misión era asesinar prisioneros por distintas ciudades para infundir terror en la población, como años después el mismo integrante de la caravana coronel Sergio Arredondo reconoció en el juicio. Pero, sobre todo, para atemorizar a los oficiales y comandantes “pusilánimes” de provincias, algunos de los que Pinochet sospechaba que habían simpatizado con Allende y su Gobierno y eran seguidores del general Carlos Prats. De esta manera quedó establecido en los tribunales años después. –¿Algún prisionero relevante? –demandó El Lobo. –Sí, mi general, dos miembros del GAP de Allende. Están en la cárcel pública. Fueron sorprendidos viajando armados a Santiago el día 11 de septiembre. Dijeron que iban a apoyar al Presidente. Se les abrió un proceso por porte ilegal de armas que está en curso. Todo en regla. –Capitán, los quiero aquí de inmediato –rugió El Lobo. En ese instante, el teniente coronel Angelotti entró al cuartel, relajado, recién peinado y afeitado. Arellano le repitió la explicación. Al comandante no le pareció la idea, pero se dio cuenta a quién tenía al frente. El suboficial Julio Poblete, ayudante del fiscal, fue a buscar a los dos GAP. Wagner Salinas y Francisco Lara se veían de buen aspecto. Habían sido visitados por sus familias en la cárcel y esperaban el fin del proceso militar que, con toda seguridad, sólo les impondría una pena leve de cárcel. UN LOBO FORMAL En Santiago, 12 GAP de Allende (más otros 10 asesores, según el Informe Rettig), detenidos en La Moneda el día del golpe, habían sido llevados al Regimiento Tacna y dos días después fueron asesinados. Sus cuerpos los escondieron en un pozo seco en un recinto de campaña militar en Peldehue. Pinochet había presenciado sus torturas, semioculto en una baranda del Tacna, según contó el coronel Fernando Reveco al juez Juan Guzmán en 1998. –¡Ya, estos gallos están listos, se van a Santiago! –dijo Arellano cuando los GAP llegaron. Ordenó al teniente coronel Moren Brito, hombre feroz de su comitiva, coordinar el traslado, para lo que pidió un vehículo al comandante Angelotti. A continuación, El Lobo dejó la huella. Firmó un documento con el que oficializó el traslado. El ayudante Julio Poblete vio ese oficio en la oficina de la fiscalía, como declaró judicialmente. EL FIN La razón por la cual Arellano no ordenó matar ahí mismo a los dos GAP, como fue el patrón de operación de todo el periplo de la caravana, aún no se aclara en la actual investigación de este episodio, prácticamente desconocido hasta el 2000, y que permitió el miércoles 11 de enero de 2006 volver a desaforar a Pinochet por la Caravana de la Muerte, proceso del cual se había escapado en 2001 sobreseído definitivamente “por demencia”. Aunque la lógica indica que Pinochet quiso tener a los dos GAP en el Regimiento Tacna de Santiago, donde habían vivido el calvario los otros miembros de la guardia personal de Allende. El martes 2 de octubre de 1973, Salinas y Lara fueron conducidos al Tacna en Santiago junto al prisionero Óscar Mendoza. Este último sobrevivió, pero los cuerpos de Salinas y Lara fueron hallados, acribillados, en una calle de San Bernardo la noche del 5 de octubre de 1973. Coincidentemente, El Lobo había regresado a Santiago con su escuadrón la noche del día anterior. “Murieron en enfrentamiento”, fue la versión oficial. LND La Nación, Chile 15-01-2006 |