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{titleflag:cl} por Victoria Ginzberg (Página 12)
Juan Guzmán Tapia, el juez chileno que procesó a Pinochet. "Viví todo como si hubiera estado ocurriendo".
El juez Guzmán Tapia procesó a Pinochet y luego la Corte Suprema declaró al dictador inimputable por su salud mental. Sufrió presiones del gobierno de Ricardo Lagos y reconoce que su visión de la dictadura "se fue transformando a medida que escuchaba a las víctimas".
–¿Cuándo lo nombraron juez? ¿Cómo comenzó su carrera judicial?
–Fue
durante la presidencia del doctor Salvador Allende, pero no tuve el
honor de estar con él. Tuve una entrevista con el jefe de gabinete del
Ministerio de Justicia, Juan Papic, quien, como condición para
nombrarme, me preguntó si le prometía que nunca iba a castigar la
pobreza. Le dije que podía cumplir con esa promesa y la cumplí.
–Es difícil, porque el mismo sistema judicial criminaliza la pobreza.
–Desde
luego. Pero en casos de hurtos famélicos, en los que la persona está
robando para que su familia no se muera de hambre, mis sentencias
fueron por inocencia, como mis votos en tribunales colegiados. Siempre
estuve por el estado de necesidad.
–¿Por qué se retiró?
–¿Del
Poder Judicial? Porque cumplí 65 años; más, 66, porque a los 65 me di
cuenta de que todavía podía hacer algo, que podía procesar a Pinochet
en la Operación Cóndor. Si yo me retiraba podía tocar un juez que no lo
hiciera, así que esperé hasta procesarlo para retirarme.
Cuando lo
hice, consideré que había cumplido largamente con mi función, con mi
momento histórico y que debía dedicarme a otras cosas.
Ahora me dedico a escribir y a la docencia.
–¿Es cierto que mientras investigaba fue cambiando su apreciación sobre lo ocurrido en Chile durante la dictadura?
–Fui poco a poco tomando conciencia de lo que estaba pasando en Chile.
Mi
primer encuentro con la realidad fue como relator de la Corte de
Apelaciones. Llevaba las causas a los miembros de la Corte y les
relataba las barbaridades, los secuestros; pero ahí no tenía ningún
poder de decisión. Los jueces me decían: "No nos cuente los hechos,
díganos si informó la DINA, si informó el Ministerio de Interior",
etcétera. Como no había respuestas, se rechazaban los habeas corpus.
Respondían
casos que tenían que ver con la vida y la integridad física y psíquica
de personas como si se tratara de aplastar a una hormiga.
Esa
frivolidad no digna de jueces me llamó la atención. Estudié las
primeras causas de derechos humanos durante el gobierno de Pinochet,
como miembro de la Corte Marcial en representación de la Corte de
Apelaciones. Dicté sentencias condenando a agentes de la dictadura.
Las
otras situaciones las conocí después de 1998. Ahí fue cuando más me
enteré de lo que había ocurrido, porque me enteré por la voz misma de
las personas torturadas o por los familiares de los detenidos
desaparecidos.
–¿Qué fue lo que más lo conmovió de los testimonios que escuchó?
–La
desesperanza de parte de los familiares de los desaparecidos. Su
sufrimiento eterno. Estas familias sienten que nunca tuvieron una
despedida y el sufrimiento es terrible, porque nunca se comienza con el
duelo. Me llamó la atención cómo el alma humana podía estar afectada –y
era lógico que lo estuviera– por hechos ocurridos hacía 25 o 30 años.
Eran hechos que estaban presentes. También me marcó mucho las
vejaciones de los hombres y las mujeres que fueron torturados, las
formas de torturas, cómo se humilla al ser humano en lo más íntimo de
su cuerpo y su dignidad. Al escuchar tantos relatos tan espantosos
obviamente me fui poniendo cada vez más... yo diría... realista sobre
lo que fue la dictadura en Chile.
–Usted dijo que le
marcó el tema de la condición de los desaparecidos. ¿Es por eso que se
ocupó especialmente de intentar recuperar los cuerpos?
–En
efecto. Recorrimos todo Chile. Los miembros de la Corte Suprema decían
que estaba paseando, que hacía turismo. Recorrí todo el país, no fui a
la isla de Pascua, como algunos jueces, porque allí no ocurrió nada.
Fuimos buscando, según los datos que teníamos, entierros que habían
hecho los militares. En un cementerio logré revisar con antropólogos y
médicos más de mil quinientos cadáveres NN correspondientes a los años
de la dictadura.
–¿Pudieron identificar a alguien?
–Logramos recuperar exactamente veinte cuerpos que fueron entregados a los familiares.
–¿También reconstruyó la Caravana de la Muerte?
–Sí. En las inspecciones que hice buscando cuerpos encontramos cuatro desaparecidos de la Caravana.
–¿Y las reconstrucciones cómo se hacían? ¿Participaban los acusados?
–En
algunas reconstrucciones de escena iba con militares. Una vez fui con
un primo hermano mío, al que no conocía hasta ese momento, que
participó en la Caravana de la Muerte. Ibamos hasta los lugares en los
que se habían perpetrado los crímenes. Esas reconstrucciones eran
importantes, porque los acusados mentían y decían que habían sido
fugas. En los lugares de los hechos se demostraba que no habían sido
fugas sino masacres. Hubo reconstrucciones de escenas con militares
llevando una especie de arma y así decían cómo habían disparado, a
cuántas personas mataron o cómo dieron las órdenes. Todo esto fue
vivido por mí como si hubiera estado ocurriendo.
–¿Iban familiares de las víctimas?
–No.
Sí fueron familiares en una situación que fue la muerte de cuatro
indígenas en un barco en el que miembros de la Armada de Chile
dispararon contra cuatro hombres que cayeron con el estómago desecho y
nunca fueron encontrados. En ese caso hubo una especie de careo entre
las familias y los marinos. En mi presencia, uno de los marinos que hoy
está condenado pidió perdón y la mujer indígena, la viuda o la hija, le
dijo: "Lo importante es que haya justicia".
–¿Por qué estudió Derecho?
–Para entrar a la carrera diplomática. No estudié muy convencido.
Postulé tres veces al Ministerio de Relaciones Exteriores y nunca quedé. No tenía apoyos políticos.
–¿A qué se hubiera dedicado si no hubiera sido abogado?
–Hubiese
querido ser profesor de inglés, pero en esa época ser profesor en Chile
estaba muy mal pagado. Me arrepentí mucho porque realmente me gustaba
la literatura inglesa. Pienso que hubiera sido un buen profesor.
Después fui profesor de Derecho.
–¿No le gustaba actuar? Fue extra en una película.
–Eso
fue porque necesitaba dinero. Cuando no me aceptaron en el Ministerio
de Relaciones Exteriores empecé a trabajar como receptor, un cargo de
ministro de fe, de los que hacen notificaciones de las demandas. Era
mal receptor, porque no embargaba las cosas, decía que no había nada o
embargaba tonterías y los abogados no me contrataban.
Entonces vino
la ocasión de trabajar en la película de Costa-Gavras, 'Estado de
sitio'. Y ahí nos ganamos mi mujer y yo el equivalente a un Fiat 600.
–Pero la película no se pudo ver en Chile hasta mucho después...
–Se estrenó en el año 2001.
–Y usted mismo falló contra la exhibición de otra película censurada, 'La última tentación de Cristo'. ¿Hoy haría lo mismo?
–No.
He evolucionado mucho. En esa ocasión realmente me convencieron los
argumentos de los peticionantes en el sentido de que de esa película
denigraba un poco el recuerdo de Cristo y era una ofensa para los
católicos. Esa fue mi posición en 1997. Por esa sentencia fue después
condenado Chile en la Corte Interamericana. Leí el fallo, encontré la
razón y cuando me tocó otra causa parecida con relación a una obra de
teatro sobre un héroe chileno, Arturo Prat, fallé con la posición de la
Corte Interamericana. Hoy votaría diferente sobre 'La última tentación
de Cristo'.
–¿También han cambiado sus posiciones políticas?
–Nunca
me he considerado de ningún partido político. He votado por los cuatro
gobiernos de la Concertación. Soy un hombre que está por las causas de
la gente modesta.
–¿Puede ser que cuando usted estaba a
cargo de la causa contra Pinochet hubiera expectativas diferentes? ¿No
sorprendió con sus decisiones?
–La mayoría de mis colegas
me decía: "¿Cuándo vas a archivar esta causa? No te quemes más". Hay
jueces que hubieran hecho lo mismo que yo, pero había menos a favor de
la instrucción que en contra. Hoy creo que eso ha variado. Pero creo
que no se equivocaban en pensar que yo podía haber fallado a favor de
Pinochet en un momento determinado: fui a colegios católicos, me
vinculé con la gente de la derecha y en algún momento hasta rompí
manifestaciones del Partido Comunista. Cuando estudiaba, me captó un
grupo de extrema derecha y me anunció los peligros del comunismo.
Estuve dos o tres meses aprendiendo técnicas de defensa y agresión, y
en una ocasión desbaratamos una manifestación comunista. Me salí cuando
me di cuenta de la estupidez que era eso. Me vi arrastrado, le hacía el
juego a la gente de los sectores dominantes. Son cosas de las que me
arrepiento, son parte de la vida.
Como me arrepentí del estar a favor del golpe militar cuando se produjo.
–¿El
gobierno de Michelle Bachelet hace lo suficiente para impulsar las
causas por violaciones a los derechos humanos durante a dictadura?
–Tiene
que regir la independencia de los distintos poderes. No se puede
involucrar en un sentido ni en el otro. Y no ha habido ningún
inconveniente, que yo sepa. Pero le falta iniciativa cuando se trata de
causas vinculadas con los pueblos originarios.
–¿Cómo definiría la situación actual de los juicios sobre la dictadura en Chile?
–Estoy
convencido de que hubo un pacto oficioso entre la Concertación y los
agentes de la dictadura, que consistió en que no se debería procesar a
Augusto Pinochet. En todas las causas que se desarrollaron contra
Pinochet hubo una gran presión a todo nivel. No ocurrió lo mismo en las
causas que involucraban a los demás agentes estatales que participaron
en los crímenes contra los derechos humanos. Se podría decir que
actualmente hay una normalidad, dentro de lo humano que son los jueces
y lo sesgadas que son algunas de sus opiniones. Como en la Argentina
hay quienes están a favor del Punto final y la Obediencia Debida y
otros que están en contra, allá en Chile también existen esas
posiciones.
–La impresión es que la sociedad chilena está más dividida. ¿Es así?
–Está
bastante dividida. Existe una ley de amnistía que cubría los crímenes
de la dictadura durante los cinco primeros años, es decir, de 1973 a
1978. Todavía existe una discusión entre los jueces sobre si es
aplicable o no, particularmente con relación al secuestro permanente.
En mi concepto, jamás operaba esa ley de amnistía toda vez que los crímenes continúan perpetrándose.
–Usted fue pionero en aplicar esa doctrina del delito continuado en Chile. ¿Los jueces la siguen aplicando?
–Hay
varios jueces que siguen ese planteamiento, son los que impulsan las
causas de derechos humanos. La Corte mayoritariamente ha estado por esa
posición. Pero en una ocasión, la Corte Suprema aplicó la amnistía. Fue
a pocas semanas de que la Corte compuesta por otros miembros estimara
que los delitos que habían perpetrado los agentes del Estado eran de
lesa humanidad y que no eran amnistiables. Fue la misma sala compuesta
por otros jueces.
–¿Cuántas personas responsables de crímenes de lesa humanidad están en este momento presas en Chile?
–Hay
más de 30. Sometidas a juicio hay más de 300 y van a haber otras 50
más. En ese sentido, la Justicia ha funcionado bastante mejor que lo
que yo pensé.
–¿Usted cree que su decisión de procesar a Pinochet fue lo que dio impulso a otros jueces?
–Espero
que sí. Lo que impulsa muchas veces a los jueces es primero que todo la
conciencia y su convicción de que están dictando sentencias acordes con
el Derecho.
–Eso es lo que debería impulsarlos...
–Es
lo que debería impulsarlos. Y yo lo pensé siempre así. Pero el hecho de
que haya jueces que toman decisiones importantes y que estas decisiones
sean ratificadas por las Cortes de Apelaciones y la Corte Suprema
obviamente da impulso a los jueces para continuar dictando resoluciones
a favor de los derechos humanos. En ese sentido, ha habido un gran
impulso en Chile, pero cuando yo empecé éramos pocos los jueces
vinculados con temas de derechos humanos. Uno de ellos era el juez José
Cánovas, a quien se le perjudicó la carrera por su posición enérgica y
valiente por los derechos humanos durante la dictadura. Otro fue Carlos
Serra Fernández, a quien también se le ha perjudicado su carrera. Ha
sido nombrado por la presidenta Bachelet para ser miembro de la Corte
Suprema, no lo apoyó el Senado por razones políticas y vio su carrera
frustrada. Fue consecuente, valiente y único en el momento en el que le
tocó dictar sentencia en contra de agentes estatales en plena
dictadura. Luego, a mí me tocó trabajar después de la dictadura en un
momento difícil y las presiones igual las recibía por parte del
gobierno, por parte del Poder Judicial a través de sanciones y por
parte de la prensa.
–¿Cómo lo presionó el gobierno?
–La
segunda vez que dicté un auto de procesamiento contra Pinochet en la
causa Caravana de la Muerte me telefoneó el jefe de gabinete del
ministro de Justicia. Me dijo de frontón: "Magistrado, le suplico que
deje sin efecto el procesamiento de Pinochet". Obviamente le dije que
le mandaba a decir a su jefe que no se metiera en cosas que no
correspondía y colgué. Inmediatamente llamé a una colega suya y le pedí
que hiciera circular la noticia. Ahí terminaron todas las presiones del
gobierno. Fue una sola, pero fue bastante fea. Fue en el período del
presidente (Ricardo) Lagos.
–¿Cómo definiría a la Argentina en relación con Chile en el avance de estas causas?
–Encuentro
que aquí la sociedad civil y las organizaciones de derechos humanos
hacen una labor extraordinaria, que también hacen los organismos de
derechos humanos en Chile. Por parte del Estado, en Chile no ha habido
grandes avances, al contrario. El Parlamento ha sido bastante
reaccionario en la materia. En cambio, en la Argentina ha habido
grandes avances políticos. Todo lo relacionado con la nulidad de las
leyes de Punto Final y Obediencia Debida son pasos muy importantes.
–¿No hay margen para plantear en Chile la anulación de la amnistía?
–Se habla... pero no se hace nada.
–Usted
procesó a Pinochet después del intento del juez Baltasar Garzón, que
fue el primero en ordenar su arresto. ¿Concuerda con el sistema de
Justicia universal o cree que cada país debe juzgar a los responsables?
–Siempre
estuve por la posición de que Garzón tenía jurisdicción universal en lo
que se refiere a delitos de lesa humanidad. Por mi parte, yo tenía en
mente desde hacía mucho tiempo e iba en camino de pedir el desafuero de
Pinochet, que fue lo que hice el mismo día que llegó de Londres. Al
poco tiempo lo procesé. En una ocasión, la Corte de Apelaciones y luego
la Corte Suprema echaron abajo el procesamiento por vía de un habeas
corpus. La segunda vez lo confirmaron, pero rebajando la calidad de su
participación. Yo lo determiné como autor y la Corte de Apelaciones de
Santiago lo bajó a encubridor, lo que fue un disparate.
–¿Cree que Pinochet se sentía seguro en Chile?
–Creo
que había ese pacto oficioso y que él estaba convencido de que yo
estaba haciendo un saludo a la bandera. Tanto es así que me atendió muy
bien cuando lo fui a interrogar.
–¿Cómo fue?
–En
Chile, la dictadura alteró el procedimiento y eran los jueces los que
tenían que ir a interrogar a los generales a su casa, en vez de que
ellos fueran al tribunal. Era el mundo al revés. Me costó mucho poder
interrogar a Pinochet, por eso fue que lo procesé una vez sin su
declaración indagatoria. Lo fui a interrogar a su casa seis meses
después de que llegó de Londres. Lo interrogué en el salón de su casa.
Me
hizo unas preguntas un poco absurdas, como si podía viajar de un lugar
a otro. Le dije que mientras no fuera procesado gozaba de plena
libertad. Le pregunté sobre su intervención en la Caravana de la Muerte
y me dijo: "Mire, yo no soy ningún criminal", y me dio a entender que
no tenía nada que ver, hasta que le mostré una hoja de su puño y letra
y le pregunté si reconocía la letra. Dijo que sí. Le expliqué que ahí
precisamente se estaba refiriendo a un informe que debía darle un
general de Ejército del Norte, Joaquín Lagos. "Usted le está dando
instrucciones de cómo debe ser el oficio que le debe mandar con
relación a los muertos de la Caravana de la Muerte", le dije.
Contestó
que era su letra, pero que no recordaba muy bien de qué se trataba. Era
un documento muy incriminatorio. Le hice otras dos o tres preguntas
relacionadas con la Caravana y se desentendió. Dijo que eran temas
menores que les correspondían a otros, que él estaba en la política
internacional y cosas más importantes.
–¿Usted le notificó el procesamiento personalmente?
–Eso
no lo hacen los jueces. Fue el secretario de la Corte de Apelaciones.
Sé que la secretaria que lo hizo fue muy cariñosa, le dio un beso...
cosas... (se ríe). Para que vea usted cómo es la hipocresía o el
servilismo.
–¿Qué cambió en Chile con la detención de Pinochet?
Demostró
que no había nadie por encima de la ley. Ibamos por el buen camino.
Pero la defensa de Pinochet me pidió que lo sobreseyera por considerar
que sus facultades mentales y físicas no estaban aptas. Yo dije que
estaban aptas. La Corte de Apelaciones lo sobreseyó provisoriamente y
la Corte Suprema lo sobreseyó definitivamente declarando que era insano.
–¿Eso lo frustró?
–Fue
frustrante, pero desde un sentido patriótico. Yo dicté mi resolución,
quedé con mi conciencia tranquila. Lo que me dolió es que la Corte
Suprema, que había cometido tantos errores durante la dictadura, perdió
su oportunidad histórica de rehabilitarse. Por la cantidad de recursos
de amparo que rechazó la Corte Suprema, lo mismo que la Corte de
Apelaciones, por su pusilanimidad y su entreguismo a la dictadura se
mataron, secuestraron y torturaron personas. Pensé, y lo sigo pensando,
que el Poder Judicial iba a continuar mancillado. Se perdió esa
oportunidad.
–Y con la muerte de Pinochet se acabaron las posibilidades. ¿Qué cambió en Chile con la muerte de Pinochet?
–Solamente
nos dimos cuenta una vez más de que existía el odio, que mucha gente
seguía cerrando los ojos a la realidad de los crímenes que ocurrieron.
Chile sigue tremendamente dividido.
–Usted vino a Buenos
Aires para hablar del rol de los jueces en las causas sobre delitos de
lesa humanidad. ¿Cuál debería ser ese rol?
–Hoy somos
veteranos. Ya hemos pasado la experiencia de estar sujetos a una
dictadura. Tenemos que analizar cuál sería la actuación de un juez si
vuelven a ocurrir hechos de esta naturaleza. Creo que estamos vacunados
y sabemos cómo actuar. Una de las cosas imperdonables es la pasividad
del Poder Judicial, la pasividad colaborativa que hubo en Chile sobre
el rechazo de los habeas corpus. Creo que hemos aprendido la lección.
Hoy estamos imbuidos en los derechos humanos, hemos fallado conforme a
tratados internacionales tanto en la Argentina como en Chile y en otros
países de América. Además, ahora hay una Justicia sustitutiva, que es
la del Tribunal Penal Internacional.
8de octubre de 2007
Fuente: Página 12
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